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| Don Covay (1938 - 2015) |
No hay lugar de honor en el Salón de la Fama para los gregarios, ni vivos ni muertos. Aquellos derrotados como Don Covay reposan arrinconados en el cementerio del paraíso, así sin más. De poco sirven los homenajes de los amigos, los afectos conquistados aquí y allá, si al final falleces solitario y olvidado en un asilo. Parece que a nadie le importe una mierda que un día levantaras una humareda sónica de proporciones épicas, una estela a seguir, a imitar, una carga de profundidad que eclosionaría en el soul definitorio de los años sesenta y que iluminaría el cielo oscuro preñándolo de gemidos y sirenas, de vibraciones ultrasensoriales, de divertidas jam sessions, de burlescos falsetes y composiciones legendarias jamás recompensadas. Ya pocos se acuerdan del hijo del predicador que avanzó por el mundillo del ritmo de la mano de Little Richard, compuso temas que luego harían suyos colosos como Aretha Franklin, Otis Redding, Wilson Pickett, Etta James, Solomon Burke, Booker T & the MGs., Louis Prima, The Shirelles, Chubby Checker, Joe Tex y un sin fin de músicos y bandas fuera de EE.UU que van desde los Kinks, los Small Faces o los Rolling Stones. Vivir de los derechos de autor no es saludable, el cariño de la gente sí. Covay fue un genio desapercibido. Admiradores como Iggy, Todd Rundgren, Jeff Lynne, Keith Richards o Paul McCartney (Bobby Womack y Jimi Hendrix también, de no haber palmado antes) te dirán de corazón que tras la desaparición de Don Covay el mundo pierde a un artista irrepetible aunque el mundo todavía no se haya dado cuenta (¿Verdad, Van Morrison?). Descansa en paz, querido Don.



