domingo, 31 de julio de 2011

DROGAS Y LITERATURA. Leer nunca fue tan adictivo

Si nos ceñímos a la literatura, se sabe que desde el principio de los tiempos los llamados escritores se han valido de diferentes sustancias tóxicas para experimentar en lo que podemos llamar 'búsqueda del arte'. Todo vale para poner tu cerebro a funcionar: éter, mandrágora, nuez moscada, stramonium, absenta, peyote, ayahuasca, amapola, bourbon, micropuntos, cogollos y setas psicotrópicas... El 'buen colocón' tiene premio. Hagamos un breve repaso (de lo contrario sería una lista interminable) a los nombres más ilustres de la literatura intoxicada, aquellos famosos escritores estimulados por las sustancias químicas más insalubles. - ALCOHÓLICOS DE SUPERMERCADO:
  • El maestro Edgar Allan Poe sería un buen estereotipo de borracho lúgubre.
  • James Joyce seguro charlaba con Ulises de los beneficios del vino blanco.
  • París sí que era una Fiesta. Nadie mejor que el suicida y genial Ernest Hemingway para representar al borrachuzo intrépido y heróico (el común anti-héroe).
  • William Faulkner exorzisaba sus demonios en borracheras legendarias y envidiables.
  • F. Scott Fitzgerald, el bon vivant de la botella.
  • El borracho pendenciero: Charles Bukowski. Sabe diós que bebería meados de gato si éstos estuviesen dentro de una botella de cerveza. Grande Hank. Este trago va por tí.
  • Dylan Thomas, capaz de tragarse dieciocho whiskys uno tras otro en una sucia habitación del neoyorquino hotel Chelsea.
  • Oscar Wilde. El tercer ojo en la mente del poeta que escribió El Retrato de Dorian Gray bien podría haber estado influenciado por chupitos de "hada verde"(entre otros líquidos). La absenta fue la musa de otros viejos conocidos escritores del siglo XVIII y XIX (Victor Hugo, Rimbaud...). A grandes males, grandes remedios.
  • Norman Mailer, Anne Sexton, Sinclair Lewis, Jack London, James Baldwin, Brendan Behan, Capote, John Steimbeck ... fueron otros de los innumerables, estupendos y legendarios escritores que gustaban de empinar el codo (Nota: los abajo citados también bebían, faltaría más.)
- RESINAS Y OTRAS FINAS HIERBAS:
  • William Shakespeare se drogaba habitualmente con cánabis, o eso cuentan los antropólogos. Ahora entiendo a qué se refería cuando aquello de "mi reino por un caballo..."
  • Quien también se dedicaban a fumar hachís fueron Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire, que se pasaban el canuto el uno al otro en sus reuniones parisinas (la pipa de opio también). Este último dejó impresa su psicoactividad en sus Paraisos Artificiales (Las Flores del Mal abriría el camino).
  • Uno de los novelistas americanos más celebrados de la actualidad, Thomas Pynchon, también se lía porros (cómo para no hacerlo!, con lo ricos que están); como lo hacían Jack Kerouac (mezclándolo con benzedrina y alcohol), Burroughs, que aunque lo suyo era el jako, usaba la maría para corregir textos y tantos otros pícaros como Hunter S. Thompson que dejarían a Shakespeare en un simple aprendiz.
- COCAÍNA, ANFETAMÍNA, MESCALÍNA... y demás VITAMINA(S)
  • Stephen King fue durante una buena temporada el gran cliente que todo trapichero de farla desearía tener. Su inspiración (nunca mejor dicho) y el escandaloso ritmo de trabajo que imprimió a su máquina de escribir durante los 80, no serían lo mismo sin la gasolina super proveniente de la selva colombiana. Tan ciego iba de polvo blanco que olvidó haber escrito uno de sus libros.
  • Robert Louis Stevenson relató el esencial El Extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde encocado hasta las cejas, y en un periquete.
  • Ken Kesey vislumbró Alguien voló sobre el nido del cuco bajo el efecto de la mescalina (ácidos y hachís alternaban sus 'otros viajes'), Al igual que Antonin Artaud y otros ilustres, gustaba de este pequeño cactus; el peyote tradicionalmente se consumía por vía oral, masticado o en infusiones.
  • Otro que gustaba de tener la conciencia alterada por la mescalina (con otras sustancias eufóricas como las anfetaminas) fue Jean-Paul Sartre. En La Náusea encontramos evidencias de que no pasaría un control antidopaje.
  • Tennessee Williams. El escritor de La noche de la Iguana también fue otro de los grandes aficionados a tragar anfetas y demás productos barbitúricos embotados.
TRIPIS, ÁCIDOS Y DEMÁS PASTILLAS CHUNGAS
  • A Phillip K. Dick -el gurú de la Sci-fic más paranóica- no le recetaban pastillas para la tós, a él le iba la semoxidrina. Anfetas que engullía en la cuarta dimensión. El tío era un pasote, con un 'coco' extraterrestre.
  • Allen Ginsberg. La lectura extrasensorial de su seminal obra "Aullido", además de maravillosa, ya es suficiente droga en sí misma. No me van los viajes de LSD pero sí los escritores bajo su efecto.
  • Con Aldous Huxley más de lo mismo. El autor de Un mundo feliz tenía experiencia en 'paraísos artificiales', y la mística y lo parapsicológico de su anárquica prosa no se la enseñaron en Oxford.
EN TRANCE DE OPIO
  • Samuel Taylor Coleridge escribió puesto de caballo su poema Kubila Kahn. No sería ni el primer ni el último artista de las letras que clavaría una aguja hipodérmica en su cuerpo para iluminarse.
  • La camarilla de Lord Byron, importante poeta romanticista (muerto de malaria en 1824) que montaba unos fiestones de cuidado, también es conocida por su adicción a la heroína. Mary Shelley, que creó el mito Frankenstein tras una noche opiácea, o el malvado John W. Polidori, que en 1821 se suicidaría con cianuro (¡el colocón definitivo!), eran todos coleguillas de trabajo. A buen seguro que le 'pillaban' al mismo camello victoriano.
  • Thomas de Quincey deja claro en Confesiones, que un chute de morfina sigue siendo el rey de los subidones.
  • Otra "Mujercita" como Louisa May Alcott (1832-1888) también jugueteó con la flor de loto, mandrágora o conocida planta dormidera.
  • Gregory Corso fue otro de los grandes poetas norteamericanos de todos los tiempos, al que siguen sin reconocerle lo suficiente. De todo el grupo de la beat generation era el que más gustaba de fumar esa sustancia ancestral.
  • Jean Cocteau es otro de los famosos fumadores de amapola dormidera. El gran dramaturgo (entre otras muchas facetas en las que sobresale) francés reconoció su adicción a esta diabólica droga en 1929.
  • El neoyorquino Jim Carroll no podía faltar a la cita. De su trágica pérdida -y de sus adicciones- ya nos hicimos eco en su día. Además de escritor junkie era un rockero en toda regla. Tuvo un buen maestro en su paisano Burroughs (como tantos otros aspirantes a poetas de N.Y. -Lou Reed p.ej.-) nuestro siguiente y último invitado de la lista de drogoliteratura.
  • William S. Burroughs. Otro escritor tumbero al que todo el mundo sitúa por encima del resto cuando de escritores heroinómanos y drogadictos hablamos. Y se merece tal trono: por longevidad, tesón y productividad. Si alguien tenía el secreto de la dósis justa en el momento preciso, ese era él. Pillín...
Y PARA TERMINAR, TODA UNA FARMACIA AMBULANTE: HUNTER S. THOMPSON (link)
  • El gran búfalo rumiante las probó todas, eso seguro. Miedo y asco para quien intente seguir su ritmo. El periodista y escritor gonzo era a las drogas lo que el monstruo Triki a las galletas. Al final todavía le quedaban algunas neuronas para pegarse un tiro (figurado y literalmente).
  • Y hasta aquí nuestro particular viaje por el mundo de las letras y las drogas. No olviden mineralizarse y vitaminalizarse también. (y léanse un libro ¡coño!)
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